Por Juan Manuel Rivera

Soltero por mérito propio, Diego entró a desayunar algo más tarde que de costumbre. Solía hacerlo en un bar del centro, pero, ese día, comenzaban sus tan ansiadas vacaciones por lo que recaló en el viejo bar del barrio a la vuelta de su casa. Ocupó una mesa al lado de una vieja pecera de vidrios percudidos, algo desvencijada. Se la oía rumorosa por el agua que brotaba a chorros, incansable, desde un tridente de caños de cobre machucados cayendo a borbotones dentro del cubo de cristal donde vivían dos solitarios pececitos; el sonido del agua al caer, aunque demasiado sonoro, le resultaba agradable, apacible, relajante.

Antes de sentarse, saludó con un movimiento de cabeza a un tipo muy elegante que ocupaba la mesa de al lado; este no le devolvió el saludo. Contrariado, se sentó dándole la espalda. Al rato, alguien que acababa de entrar, se acercó a saludar al desconsiderado parroquiano. Mientras esperaba al mozo, pudo escuchar la conversación en la mesa vecina; un “monólogo” revelador para él. Aquel descortés personaje, contaba que, con su esposa, habían ido de vacaciones a “Los acantilados”, un lugar increíble. Habló de una isla con entusiasmo descomunal; según su relato, contaba con hoteles cuatro y cinco estrellas, salones con música funcional, y un clima extraordinario con amaneceres y ocasos mágicos, y gente maravillosa. Allí, ellos habían disfrutado de una estadía excepcional. En suma, dijo orgulloso, les había resultado una aventura permanente.

Diego, pensó que el destino le estaba sonriendo; según el relato, el lugar le pareció fantástico para sus propias vacaciones. Afecto a lugares originales y exclusivos, ahí mismo, decidió que ese sería su destino de diversión y esparcimiento.

Al llegar la esposa del tipo, extrovertida como parecía ser, desde la puerta le gritó que tenía buenas noticias. Pasó casi rozándolo; tampoco lo saludó; ni lo miró. Concluyó que se trataba de una pareja feliz, aunque muy presuntuosa. No se animó a preguntarles, pero, de todos modos, ya tenía algunos datos para comenzar. El otro tipo se retiró sin que ninguno de los dos le respondiera el saludo. ¡Allá ellos! pensó. Pagó y se retiró contento y entusiasmado.

El detalle más importante ya lo tenía: un lugar ideal. Por Internet indagó sobre “Los acantilados”. Por la escasa información que encontró, concluyó que debía ser un lugar muy exclusivo. Sin pensarlo demasiado -el dato resultaba preciso-, y sin imaginar lo que le esperaba, en menos dos días ya estuvo allí, en aquél presunto paraíso.

Pero… el lugar resultó un fracaso; era deprimente, un fiasco monumental; nada tenía que ver con el fantástico y apasionado relato del hombre en el bar. Es que, en aquella que fuera señalada como una isla “paradisíaca” plagada de comodidades, solo había un modesto hotel. Era todo el alojamiento que ofrecía la isla. Para coronar su infortunio, cuando quiso regresar de inmediato, no pudo, pues, la lancha que lo trajo se había marchado ya, y venía a la isla solo una vez por semana. Quedó frustrado. Se sentía estafado por aquella pareja de mentirosos. Lo único cierto, era la amabilidad de la gente. Para colmo, en su permanencia, debió soportar que lloviese cinco de los siete días. Le sobró el tiempo para aburrirse. Siete días con sus respectivas noches, fueron suficientes para acumular mucho rencor. Sus vacaciones habían sido arruinadas.

Apenas pudo, al regresar a la ciudad, fue a desayunar al viejo bar. Malogradas sus vacaciones, malgastado su dinero, ahora no le importaría parecer un desubicado; estaba decidido a recriminarles por el dato, que aunque involuntario, resultó falso y mendaz; tal vez así iba a poder calmar su rebalsada bronca. Ocupó la misma mesa de la vez anterior, al lado de la rumorosa y vieja pecera. La pareja de embusteros no estaba. Ordenó ansioso y no dejaba de mirar la puerta de entrada. Al cabo de un rato los vio aparecer. Caminaban tomados del brazo. Ella, hermosa, rubia, alta, fina, sonreía mientras apoyaba su cabeza sobre el hombro de él. Él, vestido de elegante sport, presuntuoso, su gesto altanero, no se dignaba a mirar a nadie. Diego, se paró con actitud compulsiva dispuesto a recriminarles por todo lo sufrido; pero, algo que vio en el hombre lo frenó y lo devolvió pesadamente a su asiento. Aquél, usaba anteojos oscuros y en su mano derecha traía recogido un bastón blanco. Se sentaron en la otra mesa, también cercana a la vieja pecera. Un acordeón de nostalgia sonaba en el ambiente mezclado con el sonido del agua.

Después, el mozo le contó todo sobre los personajes de la falacia. Él, era un multimillonario venido a menos, y su mujer, que sin la fortuna de otros tiempos, a pesar de todo, permanecía a su lado. Enamorada, urdía mentiras faraónicas para sostener el ego de su esposo, ciego por un grave accidente.

Diego, azorado al escuchar esa increíble historia de amor, miró a su alrededor y lo entendió todo. Cerró sus ojos para comprobarlo; entonces, pudo imaginar que se encontraba sentado a la mesa de un fastuoso y elegante restaurante estilo francés, ubicado de frente a una artística fuente revestida en mármol, con detalles lujosos, alzada en medio de aquél lugar.

©Juan Manuel Rivera


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