Adelanto del libro “Las Malas”

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La primera novela de Camila Sosa Villada, Las Malas (Ed. Tusquets), comienza así, con este retrato en movimiento, donde un grupo de travestis absolutamente “pro vida” (en el certero sentido de esa construcción vapuleada por el marketing reaccionario) encuentra tirado a un niño recién nacido en el mismo paisaje del basural donde ellas se ganan o se pierden la vida. El relato no para de crecer, deslumbrante y vertiginoso, y deja oír las voces de una familia trava que se mueve, se esconde, se monta, se construye y goza a la luz y a la sombra. Esta novela aporta a la literatura y a la sociedad, parte de la riqueza de las voces que faltan.

Adelanto:

Es profunda la noche: hiela sobre el Parque. Árboles muy antiguos, que acaban de perder sus hojas, parecen suplicar al cielo algo indescifrable pero vital para la vegetación. Un grupo de travestis hace su ronda. Van amparadas por la arboleda. Parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo animal. Se mueven así, como si fueran manada. Los clientes pasan en sus automóviles, disminuyen la velocidad al ver al grupo y, de entre todas las travestis, eligen a una que llaman con un gesto. La elegida acude al llamado. Así es noche tras noche. 

El Parque Sarmiento se encuentra en el corazón de la ciudad. Un gran pulmón verde, con un zoológico y un Parque de diversiones. Por las noches se torna salvaje. Las travestis esperan bajo las ramas o delante de los automóviles, pasean su hechizo por la boca del lobo, frente a la estatua del Dante, la histórica estatua que da nombre a esa avenida. Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo. 

Con este grupo de travestis también está una embarazada, la única nacida mujer entre todas. Las demás, las travestis, se han transformado a sí mismas para serlo. En la comarca de travestis del Parque, ella es la diferente, esa mujer embarazada que repite desde siempre el mismo chiste: tomar por sorpresa la entrepierna de las travestis. Ahora mismo lo hace y todas ríen a carcajadas. 

El frío no detiene la caravana de travestis. Una petaca de whisky va de mano en mano, papeles de cocaína visitan una a una todas las narices, algunas enormes y naturales, otras pequeñas y operadas. Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta. Ahí, en ese Parque contiguo al centro de la ciudad, el cuerpo de las travestis toma prestado del infierno la sustancia de su hechizo. 

La Tía Encarna participa del aquelarre con un entusiasmo feroz. Está exultante después de la merca. Se sabe eterna, se sabe invulnerable como un antiguo ídolo de piedra. Pero algo que viene de la noche y del frío convoca su atención, la separa de sus amigas. Desde la espesura algo la llama. Entre las risas y el whisky que viene y que va de una boca pintada a otra, entre los bocinazos de los que pasan buscando un turno de felicidad con las travestis, La Tía Encarna distingue un so- nido de otra procedencia, emitido por algo o alguien que no es como el resto de las personas que aquí vemos. 

Las otras travestis siguen la ronda sin prestar atención a los movimientos de Encarna. Anda desmemoriada La Tía, cuenta una y otra vez las mismas viejas anécdotas. Las cosas más recientes y cercanas no tienen lugar en su memoria. Llega un momento de la vida en que ningún recuerdo está a salvo. Desde entonces anota todo en cuadernitos, pega notas en la puerta de la heladera, como una manera de ganarle al olvido. Algunas piensan que está volviéndose loca, otras creen que ha dejado de recordar por cansancio. Muchos golpes ha padecido La Tía Encarna, botines de policías y de clientes han jugado al fútbol con su cabeza y también con sus riñones. Los golpes en los riñones la hacen orinar sangre. De manera que nadie se inquieta cuando se va, cuando las deja, cuando responde a la sirena de su destino. 

Se aleja un poco desorientada, hostigada por los zapatos de acrílico que a sus ciento setenta y ocho años se sienten como una cama de clavos. Camina con dificultad por la tierra seca y el yuyal bravo que crece al descuido, cruza la avenida del Dante como un silbido hacia la zona del Parque donde hay espinas y barrancas y una cueva en la que las maricas van a darse besos y consuelo, y que han apodado La Cueva del Oso. A unos metros está el Hospital Rawson, el hospital que se encarga de las infecciones: nuestro segundo hogar. 

Zanjas, abismos, arbustos que lastiman, borrachos masturbándose. Mientras La Tía Encarna se pierde entre los matorrales, comienza a suceder la magia. Las putas, las parejas calientes, los levantes fortuitos, aquellos que logran encontrarse en ese bosque improvisado, todos dan y reciben placer dentro de los autos estacionados a la bartola, o echados entre los yuyos, o de pie contra los árboles. A esa hora, el Parque es como un vientre de gozo, un recipiente de sexo sin vergüenza. No se distingue de dónde provienen las caricias ni los lengüetazos. A esa hora, en ese lugar, las parejas están cogiendo. 

Pero La Tía Encarna persigue algo así como un sonido o un perfume. Nunca es posible saberlo cuando se la ve ir detrás de algo. Paulatinamente, eso que la ha convocado se revela: es el llanto de un bebé. La Tía Encarna tantea en el aire con los zapatos en la mano, enterrándose en la inclemencia del terreno para verlo con sus propios ojos. 

Mucha hambre y mucha sed. Eso se siente en el clamor del bebé y es la causa de la tribulación de La Tía Encarna, que se adentra en el bosque con desesperación porque sabe que en algún lugar hay un niño que sufre. Y en el Parque es invierno y la helada es tan fuerte que congela las lágrimas. 

Encarna se acerca a las canaletas donde se esconden las putas cuando ven acercarse las luces de la policía y por fin lo encuentra. Unas ramas espinosas cubren al niño. Llora con desesperación, el Parque parece llorar con él. La Tía Encarna se pone muy nerviosa, todo el terror del mundo se le prende a la garganta en ese momento. 

El niño está envuelto en una campera de adulto, una campera inflable verde. Parece una lora con la cabeza calva. Cuando intenta sacarlo de su tumba de ramas se clava espinas en las manos y las pinchaduras comienzan a sangrar, tiñen las mangas de su blusa. Parece una partera metiendo las manos dentro de la yegua para extraer al potrillo. No siente dolor, no repara en los cortes que le hacen esas espinas. Continúa apartando ramas y finalmente rescata al niño que aúlla en la noche. Está cagado entero, el olor es insoportable. 

Entre las arcadas y la sangre, La Tía Encarna lo sujeta contra el pecho y comienza a llamar a los gritos a sus amigas. Sus gritos deben viajar hasta el otro lado de la avenida. Es difícil que la escuchen. 

Pero las travestis perras del Parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba escuchan mucho más que cualquier vulgar humano. Escuchan el llamado de La Tía Encarna porque huelen el miedo en el aire. Y se ponen alerta, la piel de gallina, los pelos erizados, las branquias abiertas, las fauces en tensión. 

–¡Travestis del Parque! ¡Vengan! ¡Vengan que he encontrado algo! –grita. 

Un niño de unos tres meses abandonado en el Parque. Cubierto con ramas, dispuesto así para que la muerte hiciera con él lo que quisiera. Incluso los perros y los gatos salvajes que viven ahí: en todas partes del mundo los niños son un banquete. 

Las travestis se acercan con curiosidad, parecen una invasión de zombies acercándose hambrientas a la mujer con el bebé en brazos. Una se lleva las manos a la boca, unas manos tan grandes que podrían cubrir el sol entero. Otra exclama que el niño es precioso, una joya. Otra inmediatamente se vuelve sobre sus pasos y dice: 

–Yo no tengo nada que ver, yo no vi nada. 

¿Así son? responde otra, queriendo decir: así son estos putos bigotudos cuando el zapato aprieta. 

A La Tía Encarna le habíamos conocido un único amor: un romance tranquilo y duradero con un hombre sin cabeza. Por esos años habían aparecido en la ciudad cantidad de refugiados de guerras libradas en África. Llegaron a nuestro país con la arena del desierto todavía pegada a sus zapatos y se decía que habían perdido la cabeza en combate. Las mujeres enloquecieron con ellos porque su ternura, su sensualidad y su disposición al juego eran legendarias. Habían sufrido muchas penurias en la guerra, casi las mismas que las travestis en la calle, y eso los había convertido en objeto de deseo y héroes de guerra al mismo tiempo. Los Hombres Sin Cabeza hicieron cursos acelerados de castellano para poder hablar nuestra lengua, y fue así como supimos que habían perdido la cabeza y ahora pensaban con todo el cuerpo y sólo recordaban las cosas que habían sentido con la piel. 

Los Hombres Sin Cabeza llegaron con su novedosa dulzura y decepcionaron tiernamente a las mujeres que los esperaban con las piernas abiertas y el sexo en flor, porque ellos prefirieron a las travestis de la región. Nosotras no sabíamos por qué nos habían elegido, pero hubo muchas que se casaron y envejecieron junto a sus amados decapitados. Ellos dejaban en claro que se enamoraban de nosotras porque a nuestro lado era más fácil compartir el trauma, dejarlo trepar por las paredes o recluirlo cuando hacía falta. Pero las mujeres tomaron como una ofensa aquel desaire e hicieron correr comentarios ladinos y mal intencionados sobre nuestros huéspedes, que al fin y al cabo estaban así por haber peleado por un mundo mejor. Decían que hacer el amor con uno de ellos era como ir a la playa, una después no podía sacarse la arena del culo por días y días. Pero a nosotras no nos importaba lo que decían. 

La Tía Encarna lo había conocido en Hangar 18, el boliche gay más pecaminoso que existió en nuestra ciudad, el antro más sacrílego y dionisíaco donde nos encontrábamos las brujas, maricas y lesbianas de entonces. La relación entre Encarna y su Hombre Sin Cabeza había comenzado como un arreglo comercial de lo más próspero, porque cuando se conocieron La Tía estaba en la plenitud productiva de su cuerpo. Los clientes no significaban para ella el menor desgaste. De manera que bien podía acostarse con diez hombres por noche, algo que sucedía muy a menudo, y despertarse al otro día fresca y enérgica como un viento de verano, abrazada a su Hombre Sin Cabeza, que vivía holgadamente en su propio departamento gracias a una pensión por veterano de guerra. Los Hombres Sin Cabeza provenían de regiones incomprensibles para nuestra escasa cultura, no lográbamos entender por qué se habían producido esos conflictos sangrientos que los habían expulsado hasta nuestra ciudad, pero eran todo lo que toda travesti esperaba de la suerte. Aunque, claro, escaseaban, pues muchos terminaban en manicomios o decidían emigrar a pueblos junto al mar. Los pocos que se quedaron en Córdoba se aquerenciaron pronto y ese punto de fuga se cerró para siempre. 

Aquel noviazgo sin edad representaba una bendición inusual en la vida de las travestis. Él no sólo amaba a Encarna sino a todo lo que la rodeaba, incluidas nosotras, sus hijas putativas.

Las malas se presenta el 21 de marzo en el Festival de la Palabra, en el Cabildo de la ciudad de Córdoba.

Fuente: Página 12


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